CADA PALABRA, UNA NEGOCIACIÓN

 ""CADA PALABRA ES UNA NEGOCIACIÓN""

******

--Por Tío Bero.


...Cada palabra que escribo no es inocente.

No cae en la página por accidente.

Llega después de discutir conmigo, de forcejear con la soledad, de medir fuerzas con el mundo y de hurgar —sin permiso— en mis recuerdos y mis memorias.

...Escribir es negociar.

Negociar con la soledad para que no me trague entero.

A veces le cedo una frase, otras un silencio.

Ella me devuelve eco, vacío, o esa compañía rara que solo existe cuando uno está solo pero despierto.

...Negocio con el mundo, que siempre quiere imponer su versión:

la prisa, la consigna, la pose, la mentira bien peinada.

Yo le ofrezco palabras raras, torcidas, ambiguas,  incómodas, sin maquillaje.

No siempre gano, pero tampoco me vendo barato y pierdo.

Negocio con los recuerdos, esos acreedores implacables.

Vienen con intereses altos: culpas, nostalgias, escenas que creí olvidadas.

Les doy espacio en una línea para que no se adueñen de toda la página.

Escribir es ponerlos a trabajar, no dejar que me gobiernen.

Y negocio con la memoria, que no es fiel ni justa.

La memoria edita, borra, exagera, a veces confunde.

Yo la corrijo con palabras, o al menos la enfrento.

A veces pactamos una tregua:

ella me deja recordar sin mentirme demasiado,

yo la dejo doler sin gritar.

Por eso escribir cansa.

No es inspiración: es diplomacia interior.

No es desahogo: es un tratado frágil entre lo que fui, lo que soy y lo que no pude ser.

Cada palabra firmada es un acuerdo temporal.

Mañana habrá que renegociar todo otra vez.

Pero mientras la palabra exista,

la soledad no manda sola, el mundo no dicta sentencia final,

y yo sigo aquí,

sentado frente a la página,

defendiendo mi pequeña soberanía.

#CadaPalabraEs #UnaNegociación.

Cada palabra que escribo es una negociación larga, tensa, a veces sucia.

Nada se firma sin concesiones.

Nada se dice sin perder algo.

Escribo sentado frente a mí mismo, que es el interlocutor más difícil.

El que sabe dónde duele.

El que no acepta excusas.

El que recuerda lo que yo intento olvidar.

Negocio primero con la soledad.

No con esa soledad romántica que venden los libros y las novelas, sino con la que se sienta a mi lado sin hablar, la que pesa, la que no aplaude, la que no se va cuando cierro el cuaderno, el celular o la tableta.

Le escribo para que no me cierre todas las puertas.

Le cedo palabras para que no me quite el aire.

Luego viene el mundo, ese socio abusivo.

El mundo quiere titulares, etiquetas, bandos, consignas.

Quiere que uno escriba claro, corto y obediente.

Yo le ofrezco dudas, frases que no se alinean, pensamientos que no caben en una consigna ni en un aplauso.

A veces me castiga con silencio.

Otras, con malentendidos.

Acepto el riesgo: escribir no es quedar bien, es quedar entero.

Los recuerdos entran sin tocar.

No piden permiso porque creen que la casa aún es suya.

Vienen con olores, colores, voces, calles que ya no existen, casas que se fueron... 

con nombres que todavía duelen cuando se pronuncian.

No puedo expulsarlos,

pero puedo sentarlos a la mesa, hacerlos hablar, quitarles el poder de aparecer cuando menos los espero.

Eso también es negociar:

darles un lugar para que no reclamen el trono.

La memoria, en cambio, es tramposa.

No recuerda: reescribe.

Se disfraza de verdad y vende versiones editadas.

Por eso escribo:

para confrontarla,

para fijar algo antes de que lo distorsione del todo.

Cada palabra es un clavo en la pared del tiempo,

un intento desesperado de que algo no se mueva más.

Escribir no me salva,

pero me mantiene libre y despierto.

No me cura,

pero me evita la anestesia.

No me da respuestas,

pero me libra de repetir mentiras ajenas.

Cuando escribo, no busco compañía.

Me busco a mí y busco honestidad.

Si alguien se reconoce en lo que digo, bien.

Si nadie lo hace, también.

La negociación principal ya ocurrió:

no traicionarme del todo.

Por eso vuelvo siempre a la página en blanco.

No porque tenga algo que decir,

sino porque tengo algo que defender.

Mi manera de estar en el mundo.

Mi derecho a dudar.

Mi forma de no desaparecer.

Cada palabra es un acuerdo provisional con la vida.

Mañana se romperá.

Y mañana, otra vez,

habrá que sentarse a conversar y a negociar.

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