CUIDAME DEL AGUA BUENA, QUE DE LA MALA ME CUIDO YO
Por Tío Bero.
...Hay un viejo refrán que dice: "Cuídame del agua buena, que de la mala me cuido yo." Y pocas frases describen mejor ciertos episodios de la política internacional.
Cuando el enemigo declarado te observa, te vigila o te critica, nadie se sorprende. Para eso existen los servicios de inteligencia. Pero cuando las sospechas apuntan hacia un aliado cercano, la cosa cambia. Ahí es donde el agua aparentemente cristalina puede esconder los peces más traviesos.
La historia está llena de momentos en que países amigos se han espiado mutuamente. No porque se odien, sino porque en política internacional la confianza absoluta es una especie en peligro de extinción. Los gobiernos cambian, los intereses cambian y la curiosidad, por lo visto, nunca descansa.
Imagínense la escena:
—¿Quién anda mirando nuestros documentos?
—Debe ser algún adversario.
—No.
—¿Alguna potencia rival?
—Tampoco.
—¿Entonces quién?
—Bueno... parece que un amigo.
Y en ese momento el café se enfría.
Porque cuando el problema viene anunciado con uniforme enemigo, uno prepara las defensas. Pero cuando aparece con una sonrisa, una palmada en la espalda y un discurso sobre la amistad eterna, la sorpresa suele ser mayor.
Es como el vecino que todos los días te dice:
—Compadre, cualquier cosa que necesites, aquí estoy.
Y una semana después sabe más de tu casa que tú mismo.
La política mundial funciona muchas veces así. Los países colaboran, negocian, comercian y se apoyan, pero al mismo tiempo intentan conocer lo que ocurre detrás de las cortinas. No es elegante, pero tampoco es precisamente una novedad.
Por eso el refrán sigue vivo.
Del agua turbia todos desconfían.
La gente la mira y dice:
—Por ahí no paso.
Pero el agua limpia, transparente y aparentemente inofensiva es la que a veces termina mojando los zapatos.
Y mientras diplomáticos, generales y analistas revisan informes, probablemente algún filósofo de barrio esté sentado en una esquina fumando un tabaco y diciendo:
—Asere, yo eso lo aprendí hace años. Cuídame del agua buena... que de la mala me cuido yo.
Y quizá, solo quizá, tenga razón. Porque en este mundo las sorpresas rara vez llegan disfrazadas de enemigo. Muchas veces llegan vestidas de confianza.
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