CONVERSAR CON EL IMPERIO, SÍ… PERO NO CON EL ESPEJO
--Por Tío Bero
......Dice la Mariela Castro que Cuba está lista para “conversar” y reconciliarse con Estados Unidos, pero —ojo al dato— no para negociar. Es decir: quieren sentarse a la mesa… pero sin comer y sin soltar el tenedor. Una diplomacia gourmet donde el menú lo decide el mismo chef de siempre y el comensal solo puede oír el sermón, tomar agüita y aplaudir.
...La palabra “conversar” suena linda, suena suave, casi terapéutica.
--Como si el problema entre Cuba y Estados Unidos fuera una discusión sencilla semi-disfuncional de pareja que se arregla con reproches, velitas, vino barato y promesas recicladas.
... Pero aquí no hay pareja: hay historia, soberbia, poder, y sobre todo, un pueblo roto que no ha sido invitado a esa supuesta conversación.
...Porque mientras se habla de reconciliación con el vecino del norte, hay un silencio incómodo —casi criminal— con el vecino de al lado: el propio pueblo cubano. Ese que lleva casi siete décadas tragando amargo, haciendo cola, bajando la cabeza, inventando la comida, pagando la luz que no tienen… y encendiendo la paciencia.
--¿Reconciliación? Perfecto. Pero empecemos por casa.
Que el gobierno se siente a conversar con el que no tiene micrófono.
Con el que no sale en la televisión.
Con el que no escribe discursos, pero sí los sufre.
Porque reconciliarse con Estados Unidos sin reconciliarse con el cubano de a pie es como pintarle la fachada a una casa que por dentro está muerta y en ruinas.
-- Mucho brillo afuera, pero adentro el techo cayéndose y la nevera vacía.
...Además, eso de “no negociar” tiene su gracia. --¿Entonces qué es conversar?
--¿Un monólogo con eco?
--¿Una reunión donde uno habla y el otro escucha… pero no puede pedir nada?
...Eso no es diplomacia, eso es teatro.
-- Y del malo, sin aplausos y con el público obligado a quedarse sentado.
...Mientras tanto, Estados Unidos no está en guerra consigo mismo, ni necesita reconciliarse con su propio sistema. Sus problemas son otros, sí, pero no ese. No hay una población entera pidiendo permiso para opinar o soñando con irse en balsa.
... La comparación, sencillamente, no aguanta dos rounds.
Así que la pregunta no es si Cuba debe conversar con el mundo. Claro que debe. Pero antes, mucho antes, tiene que mirarse al espejo sin maquillaje ideológico y preguntarse:
—¿Cuándo vamos a conversar con los cubanos?
—¿Cuándo vamos a reconciliarnos con la realidad?
Porque ningún país se arregla firmando sonrisas en el extranjero mientras en casa se coleccionan silencios.
Y al final, Tío Bero, la cosa queda así:
No hace falta una mesa en Washington.
""Hace Falta Una Silla Bien Puesta En Cada Casa De Cada Cubano""… donde por fin alguien escuche, y escuche bien!
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