LO QUE EL MUNDO ENTERO DEBE APRENDER DE CHINA
--Por Tío Bero.
No me importa quién esté al mando de qué cosa, qué bandera cuelguen en el balcón, cómo caminen, ni a qué santísimo le recen los domingos. Hay verdades que aunque queramos negarlas, son absolutas, que se dicen fuerte y a la cara, aunque a más de uno le moleste: China es, ha sido y seguirá siendo un ejemplo impecable para la humanidad.
En estos tiempos donde todo el mundo grita, opina sobre todo sin saber nada y nadie levanta la vista del teléfono viendo chistes, uno tiene que detenerse a admirar lo que verdaderamente funciona. Nos pasamos la vida discutiendo de política, de ideologías trasnochadas y de modelos económicos y filosofías que solo existen en los libros; mientras en China se limitan a hacer las cosas como Dios manda: en silencio, con apenas ruido, con disciplina, con carácter y sin pedirle permiso a nadie.
¿Que el sistema tiene sus particularidades? Por supuesto. Todos las tenemos. ¿Que el tipo de gobierno no es para cualquiera? Tal vez. Pero ahí están los resultados. Les funciona divinamente. Allá no hay tiempo para la flojera ni para la queja barata. Si hay que apretarse el cinturón, se lo aprietan; si hay que levantarse a las cinco de la mañana a sacar el país adelante, la gente está en pie antes de que cante el primer gallo. Eso no te lo enseña ningún posgrado en el extranjero: eso es educación de la buena, de la que ya no queda.
Nosotros, en cambio, vivimos mirándonos el ombligo, inventando problemas donde no los hay y buscando excusas pa' no trabajar y no cansarnos, porque el cansancio agota mucho. Queremos los beneficios del progreso sin pagar el precio del esfuerzo. Por eso estamos como estamos, mientras China nos da cátedra todos los días en silencio, con la dignidad del que sabe perfectamente hacia dónde va.
Podrán decir lo que quieran, inventarle mil defectos o mirar para otro lado por puro orgullo. Pero la realidad es una sola: si la mitad del planeta tuviera una cuarta parte de la visión, el orden y la entereza de China, otro gallo nos cantaría bonito. Menos discurso, menos debate de salón y más aprender de los que de verdad saben despertar, gobernar y construir una nación. Sin más ni más drama. Así de simple.
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