CAYERON EN EL RIDÍCULO Y LA TRAMPA POLÍTICO-DIGITAL
-Por el Tío Bero.
......Pensaron que insultarse era buena comunicación… y que gritar era talento.
...Hubo un tiempito en que un hispano decidía set famoso, abría un canal de YouTube para enseñar algo, entretener, compartir ideas o simplemente hablar con el corazón sin tener que pedir permiso a ningún periódico ni a ningún partido político.
Pero después apareció el monstruo moderno: el algoritmo con hambre de pleito.
Y ahí fue donde medio internet se volvió loco.
Porque un día alguien descubrió que:
--si insultaba… subían las vistas,
--si gritaba… aumentaban los comentarios,
--si humillaba a otro youtuber… el video “explotaba”,
--y si armaba una guerra digital… el algoritmo le daba comida como si fuera un perrito amaestrado.
Y desde entonces comenzó el campeonato mundial del bochinche electrónico.
Ahora cualquiera prende una cámara, se pone cara de fiscal internacional, voz de sargento retirado y empieza:
—“FULANO ES UN AGENTE!” —“MENGANO ES UN TRAIDOR!” —“SUTANO VISTE EXTRAÑO"
--- MENGANEJO ES UN VENDIDO!” —“YO TENGO INFORMACIÓN!” —“MAÑANA SUELTO UNA BOMBA!”
…Y la bomba era un screenshot mal cortado y un audio grabado dentro de un almendrón del año 54.
La política digital convirtió muchos canales en:
tribunales sin pruebas,
programas de chismes con bandera,
novelas mexicanas con micrófonos,
y peleas de gallos financiadas por la ansiedad colectiva.
Porque la verdad es esta: muchos confundieron comunicación con confrontación.
Creyeron que tener carácter era insultar. Que ser frontal era ser grosero. Que “decir verdades” significaba perder la educación. Y que destruir a otro creador era una estrategia de crecimiento.
No, compadre.
Eso no es influencia. Eso es estupidez barata y ridícula y circo emocional con conexión WiFi.
Y lo peor no fue la pelea… Lo peor fue que el público empezó a acostumbrarse.
Ya nadie escucha al que analiza. Nadie comparte al que reflexiona. Nadie premia al que habla con calma.
Ahora el premio se lo lleva el que:
más escándalo arma,
más saliva bota,
más enemigos inventa,
y más miniaturas pone con flechas rojas, fuego y letras amarillas diciendo: “¡SE ACABÓ TODO!”
…aunque no se haya acabado nada.
Y claro… el algoritmo feliz. Porque mientras más rabia, más clics. Mientras más división, más tiempo mirando. Mientras más odio, más dinero circulando.
La tecnología descubrió algo peligrosísimo: el ser humano se vuelve adicto al conflicto.
Por eso internet parece a veces una cafetería llena de gente gritando al mismo tiempo mientras nadie escucha a nadie.
Y muchos youtubers, sin darse cuenta, dejaron de construir comunidades… para convertirse en fabricantes de estrés.
Lo más triste es que algunos empezaron con buenas intenciones. Querían informar. Querían denunciar. Querían despertar conciencia.
Pero poco a poco fueron cayendo en la droga digital más fuerte de todas: la necesidad enfermiza de atención.
Y cuando un creador necesita atención como un pez necesita agua… termina provocando incendios para sentirse importante.
Entonces aparecen:
los directos eternos de cuatro horas hablando de otro youtuber,
los “análisis” llenos de espuma emocional,
los ataques disfrazados de patriotismo,
y los “debates” donde nadie debate nada porque todos fueron a boxear verbalmente.
Mientras tanto, el mundo real sigue allá afuera:
la gente trabajando,
los viejos enfermos,
los jóvenes confundidos,
las familias separadas,
Cuba sufriendo,
América dividida,
y medio planeta cansado mentalmente.
Pero internet sigue diciendo: “ESPERA… antes de resolver los problemas… vamos a insultarnos primero.”
Maravillosa evolución humana.
Y cuidado: esto no significa que no haya que criticar. Claro que sí. La crítica es necesaria. La denuncia también.
Pero una cosa es señalar… y otra vivir permanentemente enchufado a la guerra emocional.
Porque cuando un comunicador pierde la serenidad… empieza a parecerse demasiado a aquello que critica.
Al final, muchos youtubers no entendieron algo básico: la fama conseguida a base de odio es como construir una casa sobre fósforos encendidos.
Tarde o temprano… todo arde.
Y el público también empieza a cansarse.
Porque incluso el morbo tiene fecha de vencimiento.
La gente podrá mirar peleas un tiempo… pero al final siempre termina buscando algo más humano:
alguien que aporte claridad,
alguien que haga pensar,
alguien que haga reír sin destruir,
alguien que critique sin convertirse en un monstruo,
alguien que no necesite humillar a otros para existir.
Tal vez ahí esté el futuro verdadero de la comunicación.
Menos gritería. Menos circo. Menos guerra entre egos.
Y más inteligencia emocional con micrófono.
Porque hablar duro no siempre significa hablar claro.
Y muchas veces… el que más grita… es el que menos conocimientos y cerebro tiene... y el que menos tiene que decir.
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